El recogedor maligno

Le dije que no a mi hijo y sentí su desilusión como una nube negra encima mío.

Mi peque de 3 siempre está ayudando, quiere hacerlo, experimentarlo, todo. Me ayuda a cocinar avena, a fregar el bidé y a llevar las bolsas de la compra.

Ese día el recogedor estaba lleno de pelusas y aparcado en el pasillo, a lo que el natural revolotear de la casa llevo a mi peque a aparecer en el salón empuñando el recogedor entre sus manitas y preguntarme ilusionado: «¿lo tiro a la basura?»

Impresionante. Todo lo convierte en aventura y aprendizaje.

Pues yo visualice el laargo pasillo, el giro a la izquierda, el elevar el recogedor medio metro mientras pisas el pedal de la basura y el giro final para volcar el polvo dentro (o fuera) y le dije: «No, mi amor, ponlo donde estaba con cuidado». Él me hizo caso mientras yo veía como la gravedad tiraba más fuerte de sus hombros hacia el centro de la tierra. (nubarrón negro pá mi)

Al cabo de un rato me di cuenta, de esto que te dan una bofetada y te duele media hora después.

Volví a mi peque, me agaché y le dije: «¿Sabes? Antes cuando me has dicho que querías llevar el recogedor a la basura me he equivocado al decirte que no. Si quieres llevarlo, puedes. Muchas gracias por ayudarme siempre.»

Al instante andaba dando pasitos por el pasillo con una misión entre las manos y, he de decir que, si lo tirase por el suelo, él no dudaría ni un segundo en ir a por la escoba para intentar recogerlo.

Darse cuenta y corregir. Fluir. Y dejar que esos pequeñísimos desastres puedan ocurrir.

Y si ocurren, a reír, que a veces hacemos un desierto de un grano de arena! Aprovechemos esas oportunidades para acompañar a nuestras pequeñas fieras : )

Carrito de compra